Campamentos de verano EDP: jugar y crecer en verano

Pasar por algo como un campamento de verano en la infancia puede ser comparable al reto de Interrail en la adolescencia: doce días lejos de casa, con mucha diversión, en una especie de "beca" para la vida. Dormir en cabañas o tiendas, interactuar con personas de todo tipo y aprender mucho viviendo esta experiencia. Por eso, los campamentos de verano han dejado marcas positivas en quienes han estado allí. Además, las rodillas raspadas y las amistades improbables confirman el valor de cada uno para salir de su zona de confort. El valor de crecer en el fondo.

Fue hace más de 50 años que Maria Antónia Fonseca estuvo, por primera vez, en un campamento de verano. Se acuerda con una claridad sorprendente de ese verano, incluso antes del 25 de abril, en una época en que la mayoría de la gente no "salía" en vacaciones y mucho menos tenía disponibilidad financiera para proporcionar a los hijos unas vacaciones de ensueño.

El padre de Maria Antónia era empleado de la Unión Eléctrica Portuguesa, empresa de distribución de electricidad que decidió crear un espacio en Palmela donde los hijos de los colaboradores pudieran ir en el verano y pasar unas vacaciones al aire libre con niños de la misma edad. 

Después del 25 de abril, se nacionalizaron varias de las empresas que controlaban el negocio de la electricidad en Portugal y así surgió EDP. El patrimonio de los campamentos de verano se mantuvo, como fue el caso del campamento en Palmela, donde estuvo Maria Antónia Fonseca.

El «gran edificio amarillo en Palmela», como lo recuerdan los niños, se construyó en los años 50 y fue diseñado por el arquitecto Keil do Amaral. Además, tiene un bellísimo panel de azulejos de la artista Maria Keil en el comedor. En ese momento, los turnos de los niños que ocupaban el espacio eran intercalados: chicas en un turno y chicos en el otro. Como tal, solo había una cabaña, donde se reunían unos u otros según la quincena. 

Y eran quince días de diversión. Además de la cabaña y el comedor, había otra sala donde se hacían pinturas y dibujos, así como espacios exteriores con columpios, un arenero cuadrado con juguetes y un gran césped, instalaciones que hacían disfrutar a los más jóvenes en aquella época, pero definitivamente insuficientes para los niños de hoy, según comenta Maria Antónia.
 

El espacio ahora tiene piscina y un pabellón, porque los niños pueden hacer teatro y otro tipo de actividades. En ese momento, las monitoras que se encontraban allí no estaban capacitadas para ese tipo de funciones y había otra exigencia, pero ahora los niños no estarían nada satisfechos si solo tuvieran las instalaciones que teníamos antes.
Maria Antónia Fonseca, exdirectora de comunicación de EDP Distribuição

De tal palo, tal astilla

La tradición de los campamentos de verano para hijos y, más recientemente, para los nietos de los colaboradores se mantiene hasta el día de hoy en EDP, como parte de sus políticas de responsabilidad social interna y como empresa familiarmente responsable. Y se han implementado muchas mejoras durante los últimos años. Actualmente, la oferta incluye los campamentos de Árvore (Vila do Conde), Castelo de Bode (Tomar) y Palmela (Setúbal).

Ricardo Messias fue a los campamentos en los años 80, pero sigue visitando el edificio de Palmela hoy en día, ya que sus dos hijas (Madalena y Maria con 10 y 7 años respectivamente) también son "huéspedes" en verano. Fue la buena experiencia que tuvo de niño la que le llevó a inscribir a sus hijas. Por un lado, no olvida las amistades y los juegos en los que participó; por otro, también siente que tuvo la oportunidad de aprender cosas importantes.
 

He inscrito a mis hijas precisamente porque creo que el campamento de verano nos ofrece algunas herramientas. Hoy en día se habla mucho de "soft skills", ¿no? Y luego las empresas se cansan de gastar dinero en entrenar a las personas. Los campamentos fomentan esta competencia. De repente estamos en un grupo, dejamos nuestro entorno y tenemos que crear una relación. Y eso es sumamente importante: tener la capacidad de crear relaciones en un entorno que no es nuestra zona de confort.
Ricardo Messias, asesor del Consejo de Administración EDP Distribuição

Ricardo describe los campamentos de verano como un constante "team building" y valora especialmente la oportunidad que tuvo de ponerse en contacto con personas de diferentes clases y orígenes. Por ejemplo, fue allí donde descubrió que había chicos de su edad que nunca habían aprendido a leer. El campamento le dio, todavía siendo un niño, la "percepción de que existen realidades muy diferentes en nuestra sociedad".    

Para sus hijas, Maria y Madalena, que tienen la experiencia muy presente, el balance es positivo: "Nos gusta todo en el campamento, todo es genial", dicen con entusiasmo. El día a día siempre es una sorpresa ("nos levantábamos e íbamos a hacer cosas nuevas; nunca sabíamos lo que iba a pasar") y varía según la edad de los participantes. Si los más jóvenes ocupan el tiempo con juegos, deportes en equipo, bromas en la piscina o actividades pedagógicas en la naturaleza, se reta a los más grandes a vivir verdaderas aventuras.

    

Sin miedo y (casi) sin nostalgia

André Andrade participó asiduamente en los campamentos de verano de EDP durante unos 10 años. Las sonrisas y rodillas raspadas que se ven en las fotos de esos veranos son prueba de las experiencias que ayudaron a formar a la persona que es hoy.
 

La primera vez que fui a los campamentos de verano fue en 1995, con 6 años, y luego siempre fui participante asiduo, no me perdí ningún año. Me aseguraba de no hacerlo.
André Andrade, director de proyectos de IT en EDP Comercial

Durante esas dos semanas, André cuenta que hacían de todo un poco, "desde un simple juego de fútbol en los 30 minutos después del almuerzo, a talleres de fotografía o de radio... así que había un montón de actividades, tanto de puro ocio como también con alguna enseñanza para aprender algo útil". 

Pero el momento más destacado de las vacaciones para los participantes más grandes era la "excursión", que André recuerda con los ojos brillantes. "La excursión duraba dos días: durante el día jugábamos a la búsqueda del tesoro y otras actividades y luego pasábamos la noche a la intemperie en un parque. Era una verdadera aventura". Eran dos semanas sin los padres y solo con niños de la misma edad, en una especie de "libertad controlada", como recuerda también Ricardo Messias.

"Los padres tienen la seguridad de que, si un día pasa algo, los niños son capaces de estar en otro entorno sin su protección, lo que también es algo que me motiva para dejarlas ir al campamento de verano. Porque no vamos a estar siempre y allí por lo menos comienzan a entrenar esas capacidades en un entorno controlado».

   

Una tradición de cariño y amistad

El entorno está controlado por monitores, que también se convierten en amigos de los niños y jóvenes que pasan por los campamentos. Según Ana Maria Ferreira, subdirectora de Asuntos Sociales de EDP Valor (responsable por los campamentos de verano EDP), "…los monitores tienen que tener una formación adecuada, un cierto perfil a nivel conductual y de edad. Después de que la empresa de gestión pedagógica selecciona a los monitores, el currículo y el perfil de cada uno siempre es validado por nosotros". 

Año tras año, hay una comprensión mutua más profunda entre los responsables de EDP y los monitores, ya que muchos de ellos son hijos de los colaboradores, "…visitaron los campamentos de verano y quedaron "enamorados", por lo que terminaron por hacer la formación como monitores (porque independientemente de los estudios que puedan estar haciendo, los monitores tienen que tener una formación específica) y trabajar en los campamentos de verano que visitaron", indica Ana Maria Ferreira.

La tradición es de cariño y amistad, ya desde los tiempos en que la educación era a menudo sinónimo de austeridad y castigos. En los años 60, "los monitores tenían, por encima de todo, una actitud muy cariñosa, muy afectiva con los niños", cuenta Maria Antónia Fonseca. "Y no había castigos, si alguien se portaba mal, no sé, se sentaba un momento para quedarse quieto y calmarse, perder un poco de energía, pero no, no recuerdo que alguien haya sido castigado, era una interacción muy fácil".

Es esta proximidad con los niños lo que ayuda a mantener la nostalgia. Y para los más pequeños que no estén preparados para estar lejos de la familia durante dos semanas, también hay turnos de una semana para facilitar la transición y fomentar la autonomía.
 

"Desconectar" a los niños de la tecnología

Cada campamento de verano se comienza a programar con un año de antelación, con el fin de garantizar las mejores condiciones materiales (mejora de las instalaciones, nuevas adquisiciones, etc.) y dosis saludables de diversión y aprendizaje. 
Cada año, el socio de gestión pedagógica, que se selecciona mediante concurso por EDP, desarrolla un plan de actividades que responde a un tema, que se decreta anualmente por la UNESCO. 
2019 es el año internacional de las lenguas indígenas, por lo que el conjunto de actividades deportivas, culturales y de ocio de los campamentos de verano hará referencia, de alguna manera, a esa temática.

Este plan de actividades se desarrolla teniendo en cuenta el lugar del campamento de verano, la comunidad en la que se sitúa y la edad de los participantes de cada turno. Con el paso de los años, el reto ha sido, cada vez más, encontrar maneras de involucrar a los jóvenes con la naturaleza, con la actividad física y "desconectarlos" de la tecnología, como explica la responsable, Ana Maria Ferreira, subdirectora de Asuntos Sociales, EDP Valor.

"Nuestros niños son cada vez menos aptos en términos de motricidad. Nos hemos dado cuenta de esto y, en la creación del plan de actividades, los juegos o "informáticas" quedan un poco de lado, porque pretendemos, sobre todo, apostar por los aprendizajes al aire libre, en el contacto con la naturaleza, en el trabajo en equipo y en el desarrollo de otros talentos como la representación, la escritura o las artes plásticas".

Los teléfonos móviles se entregan a los monitores, que los guardan con seguridad, pero todos los días los niños pueden usarlos para llamar, recibir llamadas o enviar mensajes a casa durante el descanso después del almuerzo. Además del carácter lúdico de los campamentos de verano, también se busca contribuir al desarrollo de competencias personales y a la autonomía de los jóvenes.

    

Seguridad y certificación

Los campamentos de verano de EDP se consideran una referencia en el mercado y han servido de modelo para muchas otras empresas de servicios que organizan actividades similares. A esto contribuye el compromiso y la pasión de los colaboradores que se dedican a esta actividad, que son ingredientes esenciales según Ana Maria Ferreira, pero también las décadas de experiencia y el nivel de exigencia que se emplea en la actividad, lo que lleva a un alto nivel de confianza por parte de los colaboradores.

"Antes de que cualquier campamento de verano empiece a funcionar, tenemos que presentar un conjunto de documentación ante el Instituto Portugués del Deporte y Juventud, incluyendo las auditorías de seguridad de las instalaciones. Todo se evalúa, desde los sistemas de acceso a las instalaciones, los sistemas de prevención de incendios, hasta si las escaleras se encuentran debidamente señalizadas... en fin, hay un conjunto de requisitos que se evalúan en estas auditorías de seguridad, que luego darán lugar a un certificado", asegura la responsable.

  
Nota final: muy positiva

Y todos los años la nota ha sido positiva. La experiencia en los campamentos de verano se mide mediante una encuesta a los padres y abuelos, dando como resultado una clasificación cercana a los nueve puntos sobre diez. La respuesta es idéntica por parte de los niños. 

Desde aprendizajes simples como atarse los zapatos o bañarse solo, y el primer contacto con jóvenes de diferentes nacionalidades y diferentes entornos sociales y hasta los primeros noviazgos (que luego se mantenían durante el año por correspondencia), todas estas experiencias se convirtieron en veranos memorables en los campamentos de verano. Tanto los niños como los monitores se echan de menos. 

Ricardo Messias es un ejemplo de los resultados positivos que los campamentos de verano han dejado de generación en generación. "Recuerdo perfectamente a Ana Maria Ferreira, que era la responsable del campamento y todavía trabaja en Asuntos Sociales de EDP Valor, porque dejábamos de tener a papá y mamá cerca, pero teníamos a alguien que podía socorrernos si fuera necesario. Por lo tanto, estoy seguro de que, si necesitan atención, alguien estará allí para darles ese cariño".

Y Ana Maria Ferreira confirma: "…hay niños que hacen el recorrido con nosotros desde los 6 hasta los 15 años, por lo que los vemos crecer... por ejemplo, Ricardo Messias tiene dos hijas y yo me acuerdo de él cuando era pequeñito. Los campamentos de verano se convierten en algo transgeneracional que apasiona mucho a la gente. A los que trabajamos en el área, estos testimonios de recuerdos únicos y tan positivos nos hacen muy felices"
 

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